EL DON DE LA ADIVINACIÓN



Adivinar significa predecir la suerte, decir antes, antes de que las cosas sucedan, de que los ojos vean, que los oídos oigan. Se puede afirmar que en este aspecto la Humanidad, desde los tiempos más antiguos, no ha cambiado jamás. La misma inseguridad, el mismo temor y necesidad de saber, la misma inquietante angustia respecto al futuro; y si hoy la Pitia recibe tras previa cita (y una buena compensación económica), si la Sibila Cumana ha cambiado su antro oscuro por un luminoso apartamento en la zona residencial, esto no representa más que ligeras modificaciones en los hábitos y las costumbres.
Hay quienes posen las dotes de la previsión, quien las simula, quien las pide, quien las paga. Todos los investigadores han atribuido suma importancia al problema moral de la adivinación, discutiendo, contradiciéndose y, por último, volviendo a apoyarse unos en otros.
Sin embargo, pese a las prohibiciones, las penas de muerte, las amenazas de un eterno castigo divino, todos los hombres, religiosos o ateos, han continuado durante el curso de los siglos adivinando, utilizando todos los procedimientos que han hallado en su camino.
A una adivinación institucionalizada, sacerdotal, atenta a las manifestaciones de lo sagrado en el movimiento de las copas de los árboles, en el furor de las vírgenes poseídas, en las vísceras de los animales sacrificados y en el vuelo de los pájaros, en el rayo y en el humo, en las piedras preciosas del Ephod y en la voz de la Esfinge, se van entrecruzando y la van sustituyendo, son el tiempo, las adivinaciones mágicas de tipo popular, tan próximas a las supersticiones, que se amalgaman con ellas. Una adivinación no oficial, siempre viva aunque oculta, practicada en forma privada para huir de la mirada pérfida del inquisidor.
Una adivinación fundada en humildes presencias cotidianas: el aceite y la sal, el pan, el plomo, la harina y la cera; la aguja, la cebolla, la araña, el gallo. Sistemas simples, casi ingenuos, al alcance popular de la campesina, del labrador, del leñador; sistemas más complejos, estructurados y fundados en el arquetipo y en el refinado simbolismo de números y estrellas en el refugio del ocultista, del cultivador de lo invisible; y he aquí las cartas, la lectura de la mano, la geomancia, la bola, técnicas derivadas del pasado construidas sobre analogías y filosofías desconocidas por la mayoría. Adivinar es un dote, un vicio, un sueño, una obsesión común a todos los lugares y a todos los tiempos.

Una posibilidad regalada al hombre, pero fecundada por la semilla de la duda: “¿Por qué escrutar el mañana?”
Si, en efecto, el futuro puede ser previsto, significa que éste existe ya que nuestra vida está predeterminada y para nada sirven, en tal caso, el libre albedrío y las responsabilidades morales de los hombres.
O bien, de acuerdo con otros, el futuro no es certeza, sino posibilidad; es la meta última que el hombre puede alcanzar siguiendo diversos caminos y que depende de su propia elección.
También la doctrina cristiana admite, en cierto aspecto, la predestinación, declarando que Dios propone al hombre pruebas y hechos ante los que él es libre de reaccionar como mejor le parezca, aunque sea deseable una dirección evolutiva.
Fascinantes son también aquellas teorías según las cuales el alma humana elegiría por sí misma su propio destino, o la que sostiene la del “eterno retorno”, por la que todas las partículas del universo, agotadas todas las posibilidades de combinación, vuelven a combinarse en la forma en que han empezado; adivinar, escrutar el futuro, equivaldría entonces a un salto en el pasado, dirigido a captar un momento del ciclo precedente, alejado millares de años...
Teorías, concepciones, hipótesis en las que es fácil perderse; pero el problema de fondo permanece: “¿Es útil, es justo conocer el futuro? Junto a la mayoría de la Humanidad que adivina, ha adivinado y adivinará se puede responder sinceramente “sí”. Sí, porque si al hombre se le ha dado una posibilidad de intervenir en su destino, no debe quedar sin ser empleada. Además, si esta libertado no nos es concedida, gozaremos por lo menos del beneficio de poder prepararnos para las alegrías o los dolores venideros. Serenamente, sin la cobardía que hace esconder la cabeza debajo del ala, el que sabe lo que le espera puede elegir conscientemente reforzar su propia barca a la vista de la tempestad o atender a otras provechosas ocupaciones, porque nada se ha de temer.
De la adivinación nace la esperanza de que, junto a la actitud justa, más en consonancia con la situación, activa o defensiva, granítica o elástica combativa o resignada de acuerdo con las necesidades, el hombre puede estar algo más seguro de sí mismo y ser un poco más feliz.
Sólo quien no tiene confianza en sus propios recursos, en los demás y en la benignidad de las leyes cósmicas, que siempre tienden al equilibrio, siente un ciego terror ante el destino.
Quien, en cambio, adivinando, intenta “levantar el velo”, demuestra, ciertamente, que se preocupa, que tiene miedo, pero se encuentra lejos de la actitud despreciativa de aquel que desafía lo imprevisto; revela una fuerza interior, cierto valor al enfrentarse con lo que muchos prefieren no conocer: lo ignoto.
Los enemigos más acérrimos de la adivinación se obstinan en negarla, sosteniendo que el que practica una adivinación no lee realmente el futuro, sino que mediante la telepatía la mente del consultante le sugiere lo que quiere que le sea predicho, lo que desea oír. Otros aún más escépticos, mantienen tozudamente un argumento difícil de combatir, pero no por ello atendible. Sostienen que la precognición no es, en absoluto, una percepción visual del porvenir sino, por el contrario, una verdadera “fábrica” del futuro; o sea, saber, con precedencia, que se está predestinado a un cierto porvenir, desencadenaría oscuros mecanismos que determinan, necesariamente, el que se produzcan los acontecimientos. Este procedimiento psicológico existe, es cierto, y en ocultismo se llama “magia mental”. También es cierto que, con frecuencia, ocurre lo que nos da más miedo. Pero los sucesos, si están correctamente previstos, se verifican automáticamente, independientes del hecho de que el directamente interesado esté en conocimiento y que, por lo tanto, pueda influir en ellos psíquicamente.
Algunas veces, entre la previsión y su concretización transcurren meses, incluso años, pero con mayor frecuencia, el intervalo es breve, demasiado breve para que una simple sugestión, que precisa repeticiones continuas y prolongadas, pueda manifestar sus efectos.


Las diversas prácticas adivinatorias en las que se articula el omincomprensivo fenómeno de la adivinación, utilizan siempre, más o menos, instrumentos, objetos, pero especialmente símbolos, a través de los cuales el individuo llega a los significados primordiales de las cosas. Símbolos, signos, arquetipos que lo llevan dulcemente a aquel estado de conciencia particular, el alfa, en que tiene lugar un golpe, un clic. Entonces una sensitividad, en otros momentos adormecida, basándose en las cartas o las líneas de la mano, en las imágenes oníricas o en los posos del café, prorrumpe y estalla en una precognición que, sin estos apoyos, jamás hubiera tenido lugar.
La adivinación, es su esencia, no es otra cosa que la precognición.
Pero la precognición espontánea, libre de apoyos resulta muy difícil de obtener en estado de vigilia. ¿Por qué por lo tanto, no concederse un tarot, una esfera de cristal, o una botella transparente llena de agua, una de té no lavada o un dibujo de la propia mano?
Poco puede bastar para que cualquiera pueda transformarse en un inesperado Nostradamus o en una nueva Casandra de la era espacial. Todo es posible en el reino del misterio.
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